miércoles, 14 de septiembre de 2011

"On ne tue point les idées..."


Hace poco se cumplió un nuevo año del fallecimiento de Domingo F. Sarmiento, hijo de Paula Albarracín, nuestra Penélope autóctona. Mi hijo de 9 años se me acercó a contarme sobre lo aprendido en la escuela.
- Fue un maestro...
Como Epicuro, aquel derribador de mitos de la Grecia clásica, contesté con la cita dubitativa de un reconocido párrafo de su cosecha:
- No trate de economizar sangre de gauchos. Éste es un abono que es preciso hacer útil al país.
Reconozco que no obstante la esencia miserable de esas palabras, este fragmento de una carta al general Mitre me parece literariamente genial.
Seguí contándole a mi hijo algunas otras apreciaciones sobre los indios, los huérfanos, etc. En un momento me dijo:
- Entonces, todo lo que dicen que hizo de bueno es mentira.

Hasta ahí el diálogo, que continuó, por supuesto. El 11 de septiembre, compartí en las redes sociales algunos de estos textos, recibidos con evidente beneplácito por los entusiastas militantes del campo popular. También me reconozco vecino de esos terrenos del pensamiento político pero creo haber contribuido con mis citas a una cierta pérdida de perspectiva. ¿Por qué digo esto? Porque creo que Sarmiento nos es necesario. Con su exuberancia verborrágica, su maradoniana desfachatez política, su culto por la ilustración europea, su hiperbólica construcción del discurso, atravesó toda la historia argentina y dejó en su camino algunas buenas semillas que hacen del argentino un personaje contradictorio, inconformista y, siempre, indescifrable. Como conjeturara Borges (el uso del verbo es forzado) en su Poema a Sarmiento: "Es alguien que sigue odiando, amando y combatiendo". Georgie percibió su sombra arrojando bombas sobre el pueblo en la Plaza de Mayo, pero no es el único. Sabemos que reacciona iracundo al grafitti de "Alpargatas sí...", que cada 270 pesos de Asignación Universal es un golpe a su sensibilidad y que, muy probablemente, marche junto a los estudiantes chilenos por una educación universitaria pública y gratuita.
Muchos no lo quisimos nunca, pero tampoco pudimos abandonarlo. Hay un maestro zen que dice que al agua caliente se la entibia con agua fría. Eso me llevó a mostrarles a muchos el peor Sarmiento, para luego, más aclimatados, asegurar que no podemos echarlo al olvido porque nos pertenece intrínsecamente. Social y personalmente nos ha dejado esa marca cipayona difícil de ocultar bajo cualquier máscara que elijamos.
Casi olvido referirme a esa frase magistral que titula este artículo, cuya traducción es Las ideas no se matan y que, al decir de Sarmiento, el gobierno de Rosas debió enviar una comisión para descifrarla (tal la barbarie de estas gentes). Es llamativo, en el contexto de la ilustración, que Sarmiento atribuya erróneamente la frase original a Fortoul. Ricardo Piglia escribirá sobre este hecho que "la literatura argentina se inicia con una frase escrita en francés, que es una cita falsa, equivocada". Aún atravesada por la indómita marca de la barbarie, expresada en el equívoco, es una cita contundentemente libertaria. De chico, yo me la imaginaba escrita en las laderas de Los Andes y, años después, pude homologarla a la maravillosa "¿quién amuralla una voz?" del español Miguel Hernández, cautivo del franquismo. Como no se matan, no podemos matar la influencia sarmientina sin dejar de ser esencialmente lo que somos. Dejar a Sarmiento implica abandonar nuestro ser argentino. Como la utopía gorila de aplastar al peronismo. Es posible, pero es un grado de abandono de la propia identidad tal, que resulta impensable desde la realidad concreta.
"Las ideas no se matan" dijo Sarmiento y su palabra es tan poderosa que encandila y nos ciega para entrever su continuidad inevitable, contradictoria, subyacente e históricamente repetida: "... hay que matar a los que las piensan."

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